mascara


LA MÁSCARA

El sonido de los tambores inundaba el ambiente como un latir de corazón hueco. En la profunda oscuridad de la jungla, miles de voces cantaban…
            No alcanzaba a ver mi propias manos, tal era la oscuridad que se formaba entre las miles de lianas, árboles gigantes y flores exuberantes. El canto de los grillos se ahogaba con el ritmo de los lejanos tambores. Me percaté inmediatamente que me encontraba en un sueño, porque ya conocía ese escenario a base de haberlo visto a lo largo de toda la semana, cada noche, un instante antes de despertarme.
            …o tal vez no eran voces, no de criaturas vivas al menos, sino de espíritus juguetones, fuegos fatuos flotando a medio metro del suelo, como linternas creando un sendero...
            El sueño invariablemente iniciaba con los tambores y cabalgaba en la misma dirección: mis pasos entrechocaban en la oscuridad, chapoteando en la corrupción dulzona de la jungla, hasta el claro de luna. Ahí me encontraba con la sorpresa de que existía una laguna en la que se reflejaba como espejo, el entorno de brazos verdes y frutos maduros.
            …los fuegos fatuos avanzan hasta la laguna en una danza sugestiva. Sobre ella como una diosa antigua, la luna llena deslumbra con su omnipresencia. Los cánticos se callan y los tambores con ellos. Parece la cúspide de un evento trascendental. Entonces se aproxima la figura solitaria hacia la laguna…
            Y siempre que veo mi reflejo en esas claras aguas…
            …y siempre que se asoma a mirar su reflejo…
            traigo puesta la máscara Pumbu.  
           
Nunca había visto el pequeño bazar entre ese par de callejas angostas, a dos cuadras de mi casa. Parecía un espejismo emergido de la nada. Los que ahí comerciaban se vestían como salidos de una historia oculta en un libro viejo de aventuras. Entre tenderos de colorido y aroma de frutas que en mi vida había contemplado, llegué a un puesto en el que se exhibían toda clase de objetos antiguos. Ahí vi por primera vez la máscara Pumbu. Estaba al centro de una mesa de bejuco, rodeada de diminutas flautas, platones, joyas de obsidiana y ámbar, y estatuas de la fertilidad.
Al momento atrapó toda mi atención con sus ojos redondos contorneados de blanco, su inmensa nariz de madera, sus labios de sonrisa macabra, y un patrón hipnótico de diamantes en blanco y negro que parecía hacerla respirar, vivir.
            -La máscara Pumbu, gran artífice de poder del rey-chamán Mashan Azhara –dijo un hombre surgiendo de entre los pliegues del estante, como si él mismo fuera un impresionante ilusionista.
            No discutimos mucho el negocio. “La máscara elige a su dueño” algo así me dijo. El precio fue tan ridículo, que creí que me estaba engañando. Al fin regresé al hogar en una nube de aturdimiento. Mientras colocaba la máscara en la pared frente a mi cama, me pregunté por primera vez si el vendedor no la habría robado, o a qué obedecía su presteza para deshacerse de ella. 

Parecía estar lloviendo desde siempre. Siete días de aguacero sin descanso, convirtieron a la comunidad en una especie de improvisada Venecia. Llevaba todo ese tiempo encerrado con la máscara, y quizás por eso había comenzado a tener esos sueños recurrentes. O tal vez, como una amiga lo dijera, la jungla llamaba a esa máscara, y me estaba arrastrando con ella.
Oír voces es de locos. O al menos es señal de extenuación mental. Eso creí que me había sucedido la primera noche que tuve la máscara Pumbu. Pensé que sería divertido (mirar a través de sus ojos el mundo de los espíritus) contemplarme en el espejo, disfrazado como una furia africana en busca de su presa. Pero cuando me la quité, el universo comenzó a escapárseme de las manos…
Al sólo retirarla de mi rostro, el corazón comenzó a traicionar su serenidad con un golpeteo acelerado. Me pareció que la máscara me contemplaba a cada momento desde su mundo de espíritus. Los ojos me ardían de impedirles parpadear, porque apenas lo hacía, me parecía ver sombras y siluetas corriendo por la habitación.
La paranoia latía en mi interior como una bomba, un absurdo conjunto de espejismos susurrantes, así que tomé la máscara Pumbu y la coloqué sobre la mesa del comedor. Después regresé a encerrarme en mi habitación para dormir.
Joaquín.
El murmullo me hizo levantarme bruscamente. Sin duda un sueño, pero el corazón me latía en los oídos, con el ritmo de tambores… pum raka pum raka PUM PUM PUM… cerré los ojos, respirando en rápidas bocanadas, pero el sonido (de los tambores) de mi corazón no se serenó, raka pum… la jungla olvidada, llamando a sus espíritus raka PUM… el gran Mashan Azhara raka PUM PUM PUM rompiendo el silencio al fin de tantos años…
La puerta se sacudió con un golpe. Brinqué de la cama azorado, los ojos nebulosos, imposible de enfocarlos. La lluvia atronaba en el exterior (y sin embargo los tambores podían oírse debajo de la lluvia, encima de ella, en todas partes)

Los fuegos fatuos danzan sin final. Si los contemplara de frente, podría ver sus verdaderas formas, siluetas de ojos apagados y expresiones esclavizadas. Si los mirara con cuidado podría comprender el frío impulso que los mantiene adelante…
            A la luz de la luna la jungla adquiere un aspecto fantasmal. Cada sombra parece adquirir un rostro vacuo de expresión y una inmensa boca, en la que podrían engullir hasta el más amplio de mis temores. En ese momento es cuando mi corazón comienza a latir con tanta fuerza que creo que me despertará. Al menos esa es mi esperanza. Mi última esperanza.
            …no se atreve a mirarlos porque sabe que en el momento que lo haga, ellos reclamarán su presencia en ese mundo bicolor de luces destellantes y oscuridad de muerte. A veces sospecha, que esos espíritus perdidos en la jungla, son recuerdos borrosos de la máscara. Fragmentos perdidos de su antiguo ser. Pedazos de un reinado caído y olvidado…
            Los tambores se aproximan, parecen cubrirlo todo. Entonces estoy seguro de que lo voy a ver, comandando a esa procesión de espíritus: a Mashan Azhara, el gran rey-chamán. Pero cuando los tambores llegan, me percato de que no los comanda nadie. Los tambores sólo son tocados por los terribles espectros.
            Como uno solo aguardan las órdenes de su señor, de su Amo. Con sus ojos huecos y largas bocas esperan, más terribles que un ejército. Pero él no se ha dado cuenta aún de que su tiempo acaba de regresar, en ese cuerpo de hombre blanco…
            Entonces ya no sé si el sonido que me sacude son los tambores o mi corazón. Los pálidos rostros de afilados dientes, ojos vacuos y largas trenzas me observan como uno, aguardando la señal.
            Y cuando Mashan Azhara levanta la mano…
            …y cuando levanto la diestra…
            …todos le responden con un grito de guerra.

Parecía estar lloviendo desde siempre. Tal vez no sea la jungla la que llama a la máscara, sino los espíritus. Se aproximan cada vez más (a nosotros) a ella, deslizando sus dedos fríos en la oscuridad. Puedo oír sus tambores. Cada vez más cerca.
            No importa cuántas veces trate de deshacerme de la máscara, siempre regresa. La he incinerado, cortado, abandonado a kilómetros de mi hogar, y siempre, SIEMPRE a la mañana siguiente (después de esos sueños) está colocada en la pared frente a mi cama. No importa a dónde huya, ella me alcanza.
            “La máscara elige a su dueño” me dijo el hombre del bazar. Volví mis pasos a esa calleja para confrontarlo, pero nunca apareció. El bazar mismo, con sus voces de otra época parecen haber sido una ilusión. No me extraña, ahora que lo veo con calma, era previsible. Sin duda Mashan Azhara lo mandó para entregarme la máscara. Para atacar mi mente y mi cordura. Lo que no sé es ¿por qué yo? Pudo haber elegido a un hombre alto y corpulento (un demonio de los blancos, como él fue un demonio en su tiempo), o un gran líder político. Yo no soy nada y sin embargo (me está comiendo por dentro) me está volviendo loco.
            Por la noche es cuando los espíritus parecen estar más cerca, pegar sus rostros enjutos en mis ventanas, soplar su vaho amargo que queda plasmado como huellas que ni la lluvia puede borrar. Los tambores parecen invadir todos los rincones de mi hogar, de mi mente, y entonces como en un trance, regreso al sueño de la jungla.
Un día decidí que era suficiente, que abriría la puerta y los dejaría pasar, devorarme, pero un segundo antes… un segundo antes la mano se me dobló en una contorsión y no pude hacerlo. Creo que fue el miedo, pero siendo un viejo conocido de mi alma, debía haber permitido…
Así que hoy me dije, no más sueños. Si puedo pasar la noche entera sin dormir, a pesar de los golpes en las ventanas, del sacudirse de la puerta, de los tambores y los susurros, entonces podré conjurar la máscara lejos de mí. Estoy seguro: es lo que esos brujos de exorcismos hacen. Eso es lo que necesito…

De pronto los cánticos cesan. Hay algo que ninguno de los seres esperaba. Mucho menos el propietario de la máscara. Nunca antes había ocurrido. En la procesión fúnebre hasta el lago, con los tambores sonando y los fuegos fatuos buscando el lazo que los ata a este mundo, todo calor húmedo, lianas y árboles, algo se aproxima…
            Me siento desconcertado. De pronto veo que no he podido romper el hechizo de los tambores sobre mí. Estoy de nuevo en el sueño. Lo reconozco con todas sus secuencias, sin embargo…
            Él se aproxima…
            …este es el momento en que de ordinario despierto.
            Los espíritus abandonan sus armas, presintiendo las cadenas que los jalan hacia esa vieja realidad que creyeron conocer. Dudan de sus intenciones. Sus ojos vacuos ven al frente, al dueño de la máscara, al frente de nuevo. La jungla guarda perpetuo silencio. El olor de Mashan Azhara, como el de un depredador, los ha dejado paralizados…
            Siento un profundo escalofrío. Frente a mí, un hombre enorme, una sombra de hombre avanza, rompiendo las leyes de la naturaleza, caminando por la laguna como un mesías impío. Al tenerlo frente a mí sé quién es. Lo sé como un conocimiento guardado en mi alma, grabado en el pasado.
            El gran rey-chamán toma la máscara y la arranca del rostro del hombre blanco. Sin el símbolo de poder antiguo, es sólo un pequeño ser, tan diminuto frente al poderoso monarca…
            No intento luchar. Al contemplarlo con mis ojos reales, no los de la máscara, comprendo lo que es. Su expresión de devorador. Su esencia de guerrero. Pero lo peor son sus ojos…
            Mashan Azhara le permite mirarlo a los ojos…
            …es algo que nadie debería contemplar…
            …le permite ahogarse en su mirada.
            Se coloca su antigua máscara y sonríe. A través de ella, aún así, siente su mirada. Mashan Azhara levanta la diestra, y los fuegos fatuos le responden con un grito, un alarido capaz de arrancar el alma…
            …nadie debería contemplarlo a los ojos…
            El pequeño hombre blanco tiembla y grita, pero nadie lo escucha. Aprieta sus pulgares contra las órbitas de sus ojos…
            …nadie debería contemplarlo…
            …aprieta con tanta fuerza, que los ojos explotan. Y como una reacción en cadena el cuerpo se agrieta, transformándose en un fuego fatuo más.
La jungla entera parece estar en llamas, los tambores cubren todo, sonidos, olores y visiones. Los tambores son la jungla. Mashan Azhara se eleva por encima de todos sus espíritus que ha atrapado y devorado, listo para comandarlos una vez más.    

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